"En un mundo desolado por el caos y la destrucción, por guerras inmensurables, con una sociedad decrépita y unos dirigentes corruptos, un solitario cazador es llamado a ser el adalid de una nueva era. Una aventura épica repleta de batallas y magia, en la que se confunden el bien y el mal y el orden impuesto se ve trastocado por la afilada hacha de Kerron, el Cazador, y la búsqueda de su propio destino"




domingo, 8 de mayo de 2016

PRÓLOGO - EL PODER DE LA SANGRE: EL DESPERTAR



 PRÓLOGO




El día amaneció gris, la oscuridad había arrebatado su lugar en el firmamento a Dragh y el manto de Nolt cubría todo el territorio de Keltnar. En el cielo se adivinaban malos presagios. Era todavía la época de sumanios y el viento barría con su frío invernal las escasas hojas que aún se negaban a ser arrancadas de los árboles, e intentaban impedir con su fútil empeño que la vida siguiera su curso. Todo permanecía en silencio a excepción de Heol que, obcecado en mecer con su glacial aliento las ramas de los desnudos robles y de un grupo reducido de viejos y sabios castaños centenarios, anclados férreamente a la tierra, —la misma que pisaban desde tiempos inmemoriales—, conseguía marcar con el continuo ritmo de sus alaridos un siniestro baile, para festejar la victoria de la muerte sobre la vida.
  La mayoría de los animales que habitaban en aquel profundo y espeso bosque, ya fueran grandes y solitarios osos, feroces clanes de lobos, gráciles pero majestuosos ciervos o incluso las alimañas más pequeñas y escurridizas; se habían refugiado en sus madrigueras, ocultos hasta que pasara la tormenta, conscientes de que se avecinaban tiempos difíciles, tiempos en los que sólo los más fuertes y aptos sobrevivirían, mientras que los débiles y enfermos sucumbirían al proceso eugenésico de la madre Tierra. 
   Ellos lo sabían. La naturaleza les había dotado de un sexto sentido y en aquellos momentos debían resistir estoicamente al asedio de los elementos. Incluso dentro de las entrañas de Bjanar su propio aliento les congelaba, como consecuencia de la fuerte ventisca que no cesaba en el exterior, cegando a todo aquel lo suficientemente insensato como para atreverse a salir y hacerle frente.
  La vida en Keltnar siempre había sido así de dura, incluso antes del tiempo de los hombres. En esta implacable tierra no había lugar alguno para los mediocres y endebles. La dureza de Bjanar servía para purificar el mundo de aquellos que no merecían o no se habían ganado el honor de vivir en ella y disfrutar de sus dones. Con el devenir de las eras, la delgada línea que antaño separaba la locura de la razón, la vida de la muerte, a los vivos de los eternos, se estaba volviendo cada vez más difusa y endeble. Lo peor de ambos mundos se mezclaba impunemente en un único y destructivo ser, que no dejaba de parir criaturas corruptas y grotescas que prosperaban vorazmente en el pestilente fango de la cobardía y la traición. 
  En este mundo devastado, mantener la paz resultaba una tarea casi épica. Luchar, pelear por lo propio; en definitiva: sobrevivir. En Keltnar si no te comportabas como un cazador, eras “la presa”. El fuerte siempre se ha beneficiado de la caída del débil y en esta nueva era del caos que se avecinaba, esta gran verdad natural iba a resultar mucho más que cierta.